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RECUERDOS
DE ROCK-OLA
La apertura de esta sala supuso sin duda un gran paso en la escena del
pop-rock madrileño. Por primera vez este tipo de música
no estaba sólo en los discos, en los grupos, en la radio o en pequeños
bares y garitos, el pop tenía ya su sala de conciertos, su discoteca
especializada, en definitiva, su "sede oficial".
En esta sala emblemática y pionera no sólo se daban conciertos,
sino que también se mostraban exposiciones de arte y moda, se hacían
actuaciones humorísticas y teatrales, se organizaban concursos
y también funcionaba como una discoteca donde poder bailar este
tipo de música, lo cual no era muy habitual en aquellos tiempos.
Era el punto de encuentro obligado de todas las tribus urbanas, sobre
todo de la "postmodernidad" y de lo que se dio en llamar la
"movida madrileña".
Recién inaugurados los años 80, todos los aficionados a
este tipo de música y estilo de vida éramos adictos a determinados
programas musicales de radio que servían de nexo de unión
y de auténticos catalizadores de la escena "underground"
española. Los más escuchados eran "Dominó",
con su eterna sintonía de un tema del mismo nombre de Van Morrison,
presentado por el sensible y voluble Gonzalo Garrido; "Sin Nicotina",
del desaliñado pero honesto Fernando García. Ambos estuvieron
muchos años en Radio España, y ambos tenían ese aire
de perdedor, entre soñador y melancólico, que tienen los
acérrimos del Atlético de Madrid. También estaba,
y aún continua, "Disco Grande" del "Roxy-melómano"
y "Bowiniano" Julio Ruiz, o el incombustible Jesús Ordovás
con su "Diario Pop", sin olvidarnos de la voz, un tanto engolada
y petulante, de Rafael Abitbol, por no hablar del entrañable Juan
de Pablos con su inimitable "Flor de Pasión", si bien
este último iba en una onda un tanto más "revival"
y nostálgica.
Pero lo que a mi amigo Carlos y a mí más nos atraía
de estos programas radiofónicos era el hecho de que a menudo sorteaban
o simplemente regalaban entradas para los frecuentes conciertos que se
celebraban en Madrid, principalmente en "Rock-Ola", a los primeros
oyentes que llamasen respondiendo correctamente a una pregunta sobre el
grupo en cuestión. Lo cual no suponía ninguna dificultad
para dos "enteraos" como nosotros, por lo que, bien Carlos o
bien yo, cuando no ambos, éramos frecuentemente agraciados con
un par de invitaciones gratis para el próximo concierto, lo cual
era causa de envidia y desesperación para el resto de nuestros
amigos de la cuadrilla.
Nunca olvidaré la primera vez que Carlos y yo, siendo todavía
unos adolescentes, aparecimos frente a las puertas de la mítica
sala con un par de entradas para ver a "B-Movie", joven grupo
británico prácticamente desconocido si no fuera por haber
logrado un par de auténticos "hits" en los programas
de radio antes mencionados, pero que sin embargo, según comentaron
al día siguiente esos mismos locutores: "Habían defraudado
en directo, demostrando su inexperiencia y una mediocre puesta en escena".
Claro que a nosotros, como era el primer concierto pop al que asistíamos,
nos pareció una maravilla.
Acudimos al evento con la ilusión que produce la visión
primera de las cosas, aunque con una cierta prudencia, ya que no conocíamos
a nadie. Lo que más nos llamó la atención fueron
los momentos preliminares al concierto, con los bares de los alrededores
a rebosar de gentes de lo más variopinto, luciendo curiosos atuendos,
el bullicio, el incesante trasiego de "minis" y "cañas"
para tratar de entonarse antes del concierto y no tener que pagar las
caras consumiciones de la sala. En la calle, frente a la entrada, había
numerosos puestos de bocatas y todo tipo de complementos: chapas, parches,
cinturones de tachuelas, gafas oscuras, etc. Ya entonces me llamó
la atención un tipo gordo con una chupa llena de tachuelas metálicas
que vendía este tipo de artículos y al que más tarde
conocería como Kike Turmix, personaje imprescindible e inevitable
de la escena "underground" madrileña.
De repente se oyó el inconfundible chirriar de la puerta metálica
corredera al abrirse y la gente comenzó a agolparse frente a ella
para conseguir un puesto privilegiado en primera fila, mientras un par
de "gorilas" trajeados intentaban que la multitud fuese entrando
lo más ordenadamente posible tras mostrar su correspondiente entrada.
Entre tanto, los más tranquilos y veteranos comenzaban a salir
perezosamente de los bares cercanos, mientras que la boca del metro "Cartagena"
no paraba de vomitar gente.
El interior del local estaba tenuemente iluminado por focos y fluorescentes
ultravioletas (de esos que hacen relucir el blanco), las paredes estaban
decoradas con carteles de conciertos pasados, y en todos los rincones
había algún televisor por el que de vez en cuando emitían
algún video-clip. Había tres barras, una en un pequeño
hall próximo a la puerta de entrada y otras dos junto a la pista
de baile, frente al escenario principal. Todo esto estaba en la planta
baja, al nivel de la calle, en el sótano había un escenario
más pequeño que se abría para conciertos o acontecimientos
de menor categoría, y en la planta de arriba estaban las oficinas
y el gallinero, con confortables asientos y débilmente iluminado
que acogía habitualmente a algunas parejas.
También había un guardarropa y naturalmente los servicios,
parte importantísima de una discoteca a la que suelen acudir los
consumidores de sustancias prohibidas y algún que otro colgado
como Poch (el malogrado cantante de "Derribos Arias) quien con frecuencia
se quedaba encerrado en los retretes.
Carlos y yo nos miramos con la complicidad de quienes habían descubierto
una mina de oro. Efectivamente, tanto el ambiente como la música
y la gente resultaban perfectos. Teníamos la sensación de
encontrarnos en el lugar donde sucedían las cosas, en el ojo del
huracán. Era el principio de la "Era Rock-Ola".
Pronto conocimos a otros estudiantes interesados en este tipo de música
con los que acudíamos a los conciertos y a recorrer los bares de
Malasaña. Algunos ya empezaban a hacer sus pinitos en grupos de
aficionados.
También enseguida nos dimos cuenta de que la estética, el
"look" personal o las "pintas" tenían gran
importancia en este mundillo. Tan sólo viendo la apariencia de
una persona podías adivinar sus influencias y gustos musicales,
era una forma de identificarse primordial en un ambiente en el que la
primera forma de relacionarse era viendo y siendo visto.
En el fondo nos encantaba escandalizar a las señoras convencionales
por el mero hecho de dar un toque de originalidad, a veces insignificante,
a nuestra vestimenta o nuestro peinado.
Carlos pronto destacó en esta faceta, e incluso, durante una temporada
se sacó sus perrillas cortando el pelo y haciendo crestas y tupés
a diestro y siniestro, en el cuarto de baño de su casa, a todo
aquel que caía en sus manos. Sin embargo, yo, pese a sus muchas
peticiones, jamás accedí a ello.
A grandes rasgos, podríamos clasificar a la gente que acudía
a Rock-Ola en dos grandes grupos:
a) Los que realmente se interesaban por la música y los grupos,
oían mucho la radio y preferían gastarse el dinero en discos
o en instrumentos antes que en ropa. Generalmente, los más auténticos
y avezados músicos solían caracterizarse por su parquedad
en el vestir, sin que por ello disminuyera un ápice su personalidad.
b) Luego estaban los que acudían a los sitios de moda para ver
y ser vistos, lucir sus pintas y ligar lo que podían.
Realmente había auténticas competiciones no declaradas para
ver quién llevaba las pintas más molonas o quién
se parecía más a alguno de sus grupos favoritos, de este
modo podías encontrar a media docena de Robert Smiths y a varias
Siouxies deambulando por la sala.
Lo cierto es que la mayoría ocupábamos una posición
intermedia entre ambos extremos, eso sí, sin renunciar en ningún
caso a la diversión y, en nuestro caso, sobre todo al baile. Lo
que más nos gustaba de Rock-Ola es que era el único sitio
donde podíamos bailar desahogadamente la música que nos
gustaba. Bueno, más que bailar lo que hacíamos era dar saltos
alocados y movernos frenéticamente al ritmo de la música,
expulsando la adrenalina acumulada durante la semana, al mismo tiempo
que observábamos a la gente. Incluso, a veces, ayudados por el
alcohol, nos atrevíamos a aproximarnos a alguna que otra chica
de estilizada silueta y acompasados movimientos haciéndonos la
ilusión de que bailábamos con ella, por desgracia, cuando
terminaba la canción ella regresaba invariablemente a la barra
junto a su novio o su grupo de amigos, sin siquiera mirarnos.
A veces la cosa se animaba más y todos nos marcábamos un
"pogo", entonces los punkis saltaban enfervorizados a la pista
y aquello se convertía en un anárquico hervidero de gente
saltando los unos contra los otros; evidentemente, en ese momento las
chicas más delicadas huían despavoridas hacia la barra.
En una época donde lo que todavía se oía en las discotecas
era el más hortera y decadente "funky", en Rock-Ola los
"hits" más bailados eran entre otros: "Should I
stay or should I go" de The Clash, "This is not a love song"
de PIL, "Love will tear us apart" de Joy Division, "Confusion"
y "Blue Monday" de New Order, "She´s in parties"
y "Bela Lugosi´s dead" de Bauhaus, "No more heroes"
de Stranglers, "Never stop" de Echo & the Bunnymen, "Live
for today", "Russian roulette" y "Dance with me"
de Lords of the New Church, todo lo de The Cure y Siouxie & the Banshees,
y temas de Simple Minds, The Alarm, Chameleons, Big Country y un largo
etcétera.
Entre los grupos españoles estaban: Parálisis Permanente,
Siniestro Total, Golpes Bajos, Alaska y los Pegamoides, Radio Futura,
Gabinete Caligari, Derribos Arias y Glutamato Ye-ye; los componentes de
este último grupo eran unos asiduos de la sala, su cantante (no
recuerdo su nombre) era fácilmente identificado por su peculiar
aspecto, una extraña e inverosímil mezcla de Adolf Hittler,
Charl Chaplin y Ray Davies a la española.
También actuaba con frecuencia la excéntrica pareja formada
por Favio McNamara y un joven y despendolado Pedro Almodóvar, a
los que nosotros aborrecíamos debido a su nula calidad musical,
ya que aquello era puro esperpento y "cutre-lux". Otras gentes
del cine más vanguardista también eran vistas habitualmente
por la sala.
Igualmente, fue en Rock-Ola donde dieron sus primeros pasos como humoristas
Pedro Reyes y Pablo Carbonell, "Los Neopayasos", con un número
ciertamente desternillante y novedoso.
Siguiendo con la catalogación de la gente que acudía a Rock-Ola,
había una serie de personajes característicos que casi nunca
faltaban, éstos eran a saber:
a) El loco.- Solía tratarse de algún colgado que había
bebido demasiado y que se dedicaba a deambular por los más insospechados
rincones de la sala haciendo todo tipo de incongruencias. Por lo general,
resultaban totalmente inofensivos, ya que de lo contrario eran expulsados
inmediatamente por la seguridad del local.
b) El bailón.- Individuo plenamente identificado con la música
que está sonando en ese momento y que llama la atención
por su exagerada y original forma de moverse. En cierta ocasión
Carlos se interesó por el más conocido de ellos, resultó
ser un chico muy majo.
c) El vecino misterioso.- En realidad se trataba de dos chicos que llevaban
en todo una vida similar y paralela a la nuestra. Se llaman Alberto y
Oscar, y aunque el primero vivía en el portal de enfrente de mi
casa, tardamos bastante tiempo en tratar con ellos. Luego nos confesarían
que nosotros también les teníamos un tanto intrigados y
que nos miraban con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Al cabo
de los años, Oscar llegó a tocar la guitarra durante una
temporada con Los Rescuers, un grupo de garaje que monté con otro
amigo a finales de los 80; por su parte, Alberto ensayaba con otro grupo
en el local de al lado ¡Increíble!
d) La parejita ideal, compuesta por el típico guaperas y una tía
impresionante. Eran la envidia de todo el personal, siempre impecables,
juntos y acaramelados, parecían ser eterna y odiosamente felices.
e) Los críticos musicales.- En general solía tratarse de
gente veterana, periodistas que podían entrar sin pagar a los conciertos.
Siempre andaban por el bar del hall o a lo sumo al fondo de la sala con
una copa en la mano y sin parar de hablar con la gente, de manera que
a veces te preguntabas cómo diablos se habían podido enterar
del concierto para hacer su crítica al día siguiente. También
solía haber algún que otro fotógrafo dando el coñazo
en primera fila, por cierto uno de ellos llamado Vicente Lluna todavía
nos debe una foto que nos sacó con la bella Cleo, la cantante de
los "March Violets".
f) El pincha.- fueron muchos los disc-jokeys que pasaron por Rock-Ola,
quizás los más conocidos fueron Pepo y Majín, dos
tipos de mediana edad muy "enteraos" que, además de atender
las constantes peticiones de los pesaos de turno (entre los que nos incluíamos)
y de anunciar puntualmente la larga lista de próximas actividades
y conciertos de la sala, intentaban ligar lo que podían entre disco
y disco (el día que no estaban sus respectivas novias) cigarro
va y cigarro viene, aunque si no recuerdo mal, Majín fumaba en
pipa, eso sí siempre con una copa en la cabina.
g) Por último estaban "los carrocillas", estos eran grupos
de dos o tres matrimonios de entre 35 y 50 años que de vez en cuando
se atrevían a entrar en el local como cosa curiosa. La verdad es
que aquello nos repateaba bastante, veíamos como nuestro territorio
era impunemente invadido por una gente extraña que además
vestía inaceptables pantalones planchados a raya y con los bajos
anchos llegando casi hasta el suelo, y esas horrorosas corbatas y chaquetas
convencionales.
En los conciertos solíamos pasarlo bastante bien. Nos parecía
lo más normal del mundo el que un montón de gente se tirase
de pie una hora y media o dos horas, apretujados entre personas sudorosas,
mientras observaba y jaleaba las evoluciones de un grupo de músicos
en el escenario. Pero indudablemente había una magia especial en
todo aquello que ejercía una atracción irresistible sobre
nosotros.
Uno de los conciertos más divertidos fue el de "King Kurt",
banda británica de Rockabilly gamberro. Los presento el inefable
Kike Turmix que casi consigue echarlos a barrigazos del escenario. Más
adelante los miembros del grupo empezaron a arrojar harina sobre el sorprendido
público y a golpear huevos con el reverso de sus guitarras como
si de bates de baseball se trataran. El pobre Kike fue el único
que permaneció en primera fila y acabó completamente rebozado
en huevo y harina como una gigantesca croqueta.
Pero lo mejor vino cuando la cosa parecía comenzar a tranquilizarse
y nuestro amigo Agustín se apresuró a regresar alegremente
junto al escenario, sin percatarse de que el suelo estaba completamente
cubierto de yemas y claras de huevo, naturalmente el patinazo y la posterior
caída fueron de espanto. Todos pudimos contemplar con estupor,
durante unos segundos, la frágil anatomía de Agustín
elevándose por los aires para, a continuación, arremeter
brutalmente contra el suelo; como suele suceder en estos casos la carcajada
fue general y simultanea. Agustín, que milagrosamente había
salido ileso, se incorporó riendo y volviéndose hacia nosotros,
todo colorado entre restos de huevo.
Otros conciertos que destacaron por su calidad fueron los de Chameleons,
Lords of the New Church, Milkshakes y Stranglers. Y uno de los más
aburridos fue sin duda el de "Virginia Prunes", como decía
nuestro amigo Pepe, se trataba de Virgin Prunes (las ciruelas vírgenes),
un grupo siniestro de "fruit bats" ingleses de lo más
soso.
Pero sin duda el más salvaje y desmadrado fue cuando vinieron los
Cramps. Como no podía ser de otra forma, un orondo Kike Turmix,
que no cabía en sí de la emoción, fue quien se encargó
de presentar al mítico grupo de Los Ángeles capitaneado
por Lux Interior y Poison Ivy. La multitud que fue a verlos parecía
poseída por una extraña fuerza, estaba enfervorizada y se
agitaba continuamente. En un tremendo movimiento en masa, de repente podías
aparecer al otro extremo de la sala, para luego regresar al mismo sitio.
Todo iba bien hasta que a un imbécil le dio por escupir a los músicos
(cosa muy de moda en aquella época entre los punkarras más
asquerosos), el grupo avisó que si se volvía a repetir el
incidente suspenderían el concierto; por supuesto, el imbécil
reincidió, y en cuestión de décimas de segundo apenas
pudimos ver como el enjuto y patibulario batería de los Cramps
saltó ágilmente sobre su instrumento arrojando las baquetas
y cayendo sobre el aterrorizado gamberro, que de repente se encontró
con el puño de Nick (el batería) frente a sus narices. Afortunadamente
para él, la seguridad reaccionó rápido, sujetaron
a Nick y agarraron al susodicho individuo para echarlo del local.
Mientras tanto los Cramps se habían retirado a los camerinos y
tardaron mucho tiempo en volver a salir al escenario entre los abucheos
del público, curiosamente esta vez a nadie se le ocurrió
escupir. Pero pronto liquidaron el concierto con tres o cuatro canciones
más; tampoco hubo bis, claro. Para colmo de males, a mí
me robaron una chaqueta de cuero negro que llevaba ese día y que
me quité un momento por el calor.
Nuestra ya legendaria habilidad y suerte para entrar gratis a los conciertos,
de sobra conocida por nuestros amigos, y de la cual a Carlos y a mí
nos gustaba alardear sarcástica y cruelmente, llegó a su
punto culminante cuando Carlos empezó a conseguir (no sé
cómo) consumiciones gratis, nos tocaban discos en sorteos y concursos,
y sobretodo cuando, gracias a un original cartel realizado por mi con
una gran escasez de medios, para sorpresa de todos, gané un premio
especial en un concurso de carteles de conciertos y fotografías
organizado por la sala. El premio consistió en un viaje a Londres
para dos personas con desayuno y hotel incluidos durante una semana, aunque
luego nos costó Dios y ayuda que realmente nos lo concedieran.
Naturalmente me fui con Carlos, el viaje fue una experiencia inolvidable
que contaré en otra ocasión.
Desgraciadamente, el citado cartel, al parecer, fue pasto de las llamas
en un desafortunado incendio que se produjo meses después en los
siniestros sótanos del Rock-Ola.
Carlos también había participado con un cartel de los Chameleons
que yo le ayudé a dibujar. El mío mostraba la demolición
del edificio Torres Blancas a cargo de "Derribos Arias" y con
unos desgraciados "Inquilinos del Quinto" cayendo al vacío
entre los cascotes sobre la aterrorizada multitud que corría despavorida
por los aledaños de Rock-Ola. Imaginativo ¿No?
Aun recuerdo con emoción el día que recibí la llamada
notificándome que habían concedido un premio especial a
mi cartel, y que debería presentarme en la sala para recogerlo.
Apenas podía creerlo, inmediatamente marqué el número
de Carlos para darle el notición, quien también se quedo
muy sorprendido. Luego se lo comunicamos a los amigos. No sin cierto temor,
pues ellos se habían tomado a pitorreo esto del concurso, y nos
temíamos su reacción. Efectivamente, al enterarse de la
noticia una total desesperación se apoderó de ellos, se
quedaron totalmente desarmados ante nuestra imparable racha de buena suerte,
aunque sé que en el fondo se alegraron y se sintieron orgullosos
de mí.
La entrega del premio fue realmente emocionante. Allí estaba, sobre
el escenario de Rock-Ola, proyectada sobre una gran pantalla, una diapositiva
de mi cartel, por megafonía se reclamaba mi presencia sobre el
escenario. En el momento en que se pronunció mi nombre me sentí
aterrado, no sé de donde saqué fuerzas para subir, pero
allí estaba yo, un pipiolo, con mi chupa de cuero y mi camiseta
de Bauhaus, iluminado por un molesto foco, recibiendo el premio de manos
de la atractiva y famosa "secretaria" del Rock-Ola, quien me
dio el besito de rigor entre los aplausos y gritos de ánimo de
mis colegas. Luego me dijeron que no hacía más que decir
"gracias" cada dos por tres. Más tarde, incluso alguien
me propuso dibujar para una revista o fancine que se llamaría "Pop-no
sé qué", que al final se quedaría en agua de
borrajas.
Lo cierto es que en cierta ocasión, Carlos y yo llegamos a preguntarnos
si la ruina y decadencia en que se había sumido la sala en los
últimos tiempos, fue en parte debida a la feroz rapiña a
la que la sometimos durante aquellos años. Aunque yo más
me inclino a pensar que esto sucedió como consecuencia de una evolución
lógica y de una serie de circunstancias a las que me referiré
a continuación, todo ello catalizado por el encargado de la sala
en los últimos tiempos y su nefasto equipo, se trataba de un grotesco
personaje llamado Carlos Borsani, al que Carlos y yo conocíamos
con el apodo de "Espinete", debido a su tupecillo pelirrojo
y a su rechoncha constitución.
Y es que Rock-Ola, a pesar de su nombre, cada vez prestaba menos atención
al verdadero Rock'n'Roll y comenzó a centrarse en la llamada "cultura
postmoderna", que además de grupos musicales y teatrales muy
raros, incluía exposiciones de arte y fotografía, cine,
vídeo, literatura, humor y todo tipo de actividades culturales
"de vanguardia". ¡Que sí! Que todo eso estaba muy
bien, pero en la mayoría de los casos resultaba bastante aburrido.
Y es que donde esté un buen concierto de Rock
Además,
en general, toda esa movida venía rodeada por un ambiente frívolo
y superficial de "mariconeo" que empezó a mosquear al
personal.
Por si fuera poco, aquello por las tardes (en el piso de abajo) se convertía
en el paraíso mod (fiestas popies, soul, música de los 60,
videos de los Jam y los Who), lo cual empezó a molestar a los sectores
más radicales de Rockers y Punks que se sentían marginados.
Si a todo esto le añadimos el problema de las drogas y la relación
que existía entre ciertos individuos y grupos radicales neofascistas
o simplemente gamberros delincuentes, se preveía que el final no
iba a ser muy halagüeño.
La bomba explotó en el verano del 85, cuando un mod asestó
un navajazo a un rocker acabando con su vida, a las mismas puertas del
Rock-Ola. Por ello la sala tuvo que cerrar sus puertas indefinidamente
por orden judicial.
Cuando nos enteramos de la noticia, y a pesar de que nos quejábamos
de la decadencia en la que había caído la sala, no lo podíamos
creer ¡Rock-Ola cerrado! Tras recuperarnos y asumir la noticia,
una inquietante preguntaba cruzaba por nuestras mentes sin que nadie se
atreviera a formularla ¿Dónde iremos ahora?
Logroño, a 14 de julio de 2001.
Julio de la Cruz Moreno
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