Rockola
LA NUEVA OLA SE ESTRELLÓ EN ROCK-OLA
 
Me pide un buen amigo mío que escriba unas líneas sobre ROCK--OLA y sé por donde no empezar... dejemos a un lado la glorificación gratuíta, producto de la melancolía y quizás también de la edad, ya sabes, esa manía de mirar hacia atrás que prende mecha en muchos de los que ya hemos cumplido más de treinta. Pero bueno, vayamos por partes ¿qué era ROCK-OLA?

Un club, o ¿por qué no? una discoteca, situada a los pies de Torres Blancas, uno de los edificios más emblemáticos del crecimiento urbanístico de Madrid de los años sesenta. En realidad, eran dos discotecas en una, la que ha quedado con su nombre adscrito en letras de oro para la posteridad, y si anexo, el MARQUEE. La primera contaba con el escenario más deseado de la ciudad -aquel que todos querían pisar- y programaba sonidos vangusrdistas, mientras que la segunda, situada en el piso de abajo, lanzaba desde sus altavoces punk rock y heavy metal y acabo desapareciendo, pasando a formar parte de la mñitica sala.

También podríamos distinguir otros dos rock-olas: el de fuera y el de dentro.

En el de fuera, el público hacía corrillos en torno a un coche, alrededor de un arbol o en mitad de la acera. Siniestros, skins, pasotas y desclasados, juntos pero no revueltos, compartiendo como única seña de identidad la litrona de Mahou.

En el de dentro, un Nick Cave casi adolescente se retorcía por los suelos, ciego de ruido y de heroína; Killing joke -una banda a reivindicar- ejecutaba sus danzas macabras sorprendiendo a propios y extraños; Iggy pop le decía al personal, entre salto y escupitajo, que para punk, él; Radio futura presentaban durante dos noches consecutivas su mejor disco, con un sonido apabullantemente profesional, quizás nunca logrado antes por estos pagos. Son solo meros ejemplos, cuatro retazos escogidos por su calidad entre toda la música en vivo que allí se coció durante, aproximadamente, un lustro.

ROCK-OLA se inauguró dentro, con una actuación de UK-subs, y se clausuró fuera, cuando la rivalidad mal entendida entre tribus degeneró en un incidente que se llevó una vida y copó las páginas de sucesos. Escándalo, cerrojazo, y el templo de la Movida convertido en tienda de muebles hasta hoy.

Y ahí quería yo ir a parar. "Santuario de la modernidad", "cuna de la Movida". frases elevadas por los medios con intereses creados a la categoría de tópicos tan manidos como "te acompaño en el sentimiento". No os creáis nada. No todo allí era la juventud dorada de los Berlanga y compañía, la Movida era un hecho constatado desde un par de años antes que ROCK-OLA abriese sus puertas; hubo rock (mucho y del bueno) antes de ROCK-OLA, como lo habría después.

Lo que ocurre, simplemente, es que se trataba de un lugar con un encanto especial, un area de recreo lo suficientemente grande como para que estrellas, aspirantes al estrellato y estrellados se mezclasen entre sí para disfrurtar de un espacio interdisciplinar. Allí ibas a ver un concierto, a disfrutar de videoclips en la era pre-MTV, a visionar un cortometraje, a tirarte en un sofá, a meterle mano a la compañera de clase, a contemplar una exposición de fotografía o simplemente a tomar una copa.

ROCK-OLA aglutinó a gran parte de toda una generación, la que creció con los grupos de la Nueva Ola, la que serviría de puente entre Led zeppelin, Rolling stones, Pink Floyd de nuestros hermanos mayores y el crisol multicolor en que se convertiría la música pop de las dos décadas posteriores, esa monstruosa arca de Noe donde cabe todo y que prolonga su navegación hasta nuestros días. Como en el 100 club londinense, el Paradiso de Amsterdam, o Zeleste en Barcelona, una vez que los chicos de ña chupita de cuero y los pelos multicolores asaltaron sus escenarios, ya nada volvió a ser lo mismo.

Para rematar la cuestión, la pregunta inevitable ¿dónde estabas tú en el 83?
Carlos y yo... en ROCK-OLA

PACO ESPINOSA (CHURRO)